
Por: Luis Martín González.
Salgo de madruga de la ciudad Tinjdad y llego de noche a Zagora después de unas cuantas horas de bus, a mi paso he dejado el palmeral del Ziz y el pueblo de Merzouga, e incluso he bordeado la frontera con Argelia, un día agotador que ha servido para conocer un poco más el corazón de Marruecos. En el hotel Palais Asman un grupo de músicos del valle de Draa entonan canciones autóctonas y dando palmas y emulando sus cantos, casi olvido las horas de viaje, pero los paraísos lejanos no están a la puerta de casa y hay que descubrirlos con tiempo y paciencia.
El palmeral del Ziz, está en la región de Meknes-Tafilalet, provincia de Er Rachidia, delimitando al norte por el Alto Atlas y al sur por el desierto del Sahara. Su ciudad Erfoud se extiende a lo largo de un extenso palmeral con más de un millón de palmeras y una extensión kilométrica, haciendo de los dátiles la principal fuente de riqueza de sus habitantes. Erfoud, la capital es conocida por sus canteras de mármol negro salpicado de fósiles, disponiendo de expertos canteros y talleres que dan forma y hacen infinidad de objetos con la preciada materia (bañeras, fuentes, mesas, etc.)Y que le intentarán vender y transportar desde su lejano origen a su domicilio particular.
A unos 45 kms de Erfoud, y a 50 de la frontera de Argelia surge el pueblo de Merzouga que cuenta con el mayor cuerpo natural de Agua del País. Es muy conocido por sus devastadoras inundaciones que se producen con asiduidad. Una puerta de un solo arco da paso al centro y en su plaza central, junto al minarete, un palacio con verdes jardines se abren al visitante.
Al fin y, después de hacer 164 interminables kilómetros por sinuosas carreteras, desde la partida en el sur de Ouarzazate, se llega a Zagora y a la llamada “puerta del Desierto”. Es capital de la provincia y centro administrativo del valle del Draá. Una de las zonas más bellas del sur marroquí, gracias a la diversidad de sus encantos naturales y culturales: valles bordeados de ristras de oasis verdes y abundantes, altas montañas, llanuras desérticas, campos de dunas y arquitectura tradicional: la Kasba en adobe y tonos ocres. Es el punto de partida para las excursiones por el desierto y alguna tiene historia y es leyenda. De la época en que los saudíes lanzaban desde este lugar sus campañas de conquistas, se mantiene el cartel que anuncia “Tombuctú, 52 días”, el tiempo que se tardaba en atravesar el desierto en camello y llegar a las orillas del Níger. Esta expedición convirtió la región en el centro comercial transahariano, del oro en particular. Las caravanas transportaban el precioso mineral pasando por el valle de Draa que une el sur y el norte del gran Sahara.
En esta región, los aldeanos asocian su vida a la ganadería y al cultivo. Se distingue la zona por la crianza del cordero negro llamado demmane, robusto prolifero y adaptado a la estabulación del oasis, los corderos blancos y las cabras pastan como nómadas en las inmensas tierras. La ganadería de dromedarios Mehari, fieles compañeros de los nómadas, abundan y adornan el paisaje dentro o fuera de los desiertos.
No hay que caminar mucho para llegar a Tamegroute, una pequeña aldea que lleva el sobrenombre de la “Capital del saber”, con una biblioteca inmemorial del imperio jerifiano, fundada en el siglo XVII por el Santo Ahme Naciri. Posee antiguos manuscritos editados con piel de gacela y escritos con pluma de caña tallada y templada en cáscara de nueces. Sus contenidos pasan por la medicina, el derecho coránico, la gramática, historia, poesía, álgebra, retórica y filosofía.
Todas las excursiones merecen un descanso y en Zagora, podemos acampar a lo raso en medio de las dunas en una tienda beduina, en un hotel de lujo con muchas estrellas y encantos o en las Riades o casas de huéspedes, uniendo la tradición y las artes beréberes.
Hay otras formas de llegar un poco más cómodas que las comentadas al inicio, su aeropuerto recibe dos vuelos semanales procedentes de Ouarzazate, Agadir y Marrakech.
Zagora es grande, distinta, llena de bellezas y nuevas sensaciones que te atrapan con facilidad. Lo triste es regresar, pero este mal tiene solución: volver siempre que se pueda.



